lunes, 20 de octubre de 2014

Curro, el Palmo y las redes sociales

Leer el título del título este post (incluso escribir "post") puede ser insultante para Curro y seguramente lo sea, pero este es mi espacio de delirios y como  la pretensión no es más que la de delirar me tomo la licencia de ofender aun sin quererlo al palmero invisible.

El muro de las lamentaciones puede resultar irritante en muchas ocasiones porque de frente te chocas con opiniones que no compartes y el resultado, en mi caso, ha resultado de lo más terapéutico. Temperamental como soy en muchas ocasiones comienzo a escribir para dar mi punto de vista, ofendida sin que nadie haya pretendido ofenderme. Tras escribir y plasmar mi posición he aprendido a callar, y es que no hay que confundir sinceridad con impertinencia, y he descubierto la maravillosa tecla de retroceso. Y todo eso que escribí ahí queda para que Facebook, que lo lee y guarda todo para hacer de nosotros títeres en pro de sus intereses mercantiles, vuelva a hacer un estudio el año que viene y publique los resultados de las cosas que "callamos".

Huí, y no es una palabra usada al azar, hace un tiempo de las redes sociales y me deshice de mis perfiles oficiales, aunque he de aclarar que si por oficial se entiende ser uno mismo ahora soy más oficial que nunca.

Cansada de compartir un espacio que para mí tiene una gran parte de esparcimiento con personas que pensaban como yo, yo como ellos, que más da...El mundo se reducía tanto que solo existía una verdad, no es bueno ser avaricioso con ella y secuestrarla. Además una verdad con tantos matices irritantes por los que discutir que desgastaba, incluso comenzaba a hacer mella en la fe que tenía sobre la especie humana. Eché la persiana.

De manera que si huí de ahí para quitarme el corsé, para despojarme del rol que cargamos la mayoría, por qué seguir manteniendo la misma actitud. Era el momento de aprender del abanico de colores y de la multitud de tonalidades de cada color.

He aprendido a tolerar (qué paternalista es esta palabra) los cartelitos de osos amorosos, de apología de la maternidad, incluso de frases de Coelho y en uno de esos carteles di con la frase que lo resumía todo: "He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro" (Saramago)

Gracias a ello he aprendido a entender y a conocer qué piensan otras personas, a mirar más allá de mi propio ideario. Sí, entre mil desventajas, esta oportunidad la ofrecen las redes sociales, hirientes, cobardes, sucias en muchas ocasiones. Una herramienta de comunicación que bien usada puede regalarte enseñanzas como esta.

Tampoco quiero ser utópica, en mi vida seguiré rodeándome de gente con la que en general suelo compartir mi visión de la vida, no soy tan pretenciosa ni prepotente como para pensar que soy el siguiente eslabón en la evolución  y a destrozar las tesis antropológicas que explican cómo nos relacionamos, pero desde luego aprovecharé la enseñanzas para ser más generosa con los demás y sobre todo conmigo misma y la flexibilidad adquirida quedará inherente echando a patadas a los prejuicios aprendidos.

Y es que al final las diferencias no son tan importantes si una mañana te levantas y ves que alguien ha recordado como tú la mejor canción jamás cantada, Romance de Curro, el palmo.




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