jueves, 11 de septiembre de 2014

...Y la intimidad desapareció

Hace un año y medio que nos mudamos a este piso (la historia de la mudanza más larga de la historia que tuvimos el orgullo de protagonizar la contaré en otro momento) ubicado en una especie de plaza elevada en la que se distribuyen 5 bloques de edificios. Cuando llegamos sabíamos que lo íbamos a tener complicado para guardar algo de intimidad y está claro que las predicciones se han cumplido.

Frente a nosotros vive una familia de mujeres y evidentemente con el calor que sacude a la tierra de Paco Rabal es imposible que las ventanas estén cerradas y las persianas bajadas. Al principio intentaba jugar con las luces, apagar y buscar a ciegas la ropa que iba a ponerme, pero cansada de ponerme las camisetas al revés y constatar que la creencia de que cuando esto ocurre acude dinero a casa es solo eso, una creencia, decidí que se hiciera la luz. Creo que las vecinas de enfrente pensaron lo mismo porque ahora el exhibicionismo del que hacemos gala roza la indecencia de los que creen en la decencia.

Es muy curiosa la relación que hemos establecido con ellas: conocemos el tipo de ropa interior que usan, casi podría detallar el color de cada una, sé como le sientan, como se alisan el pelo, que se ponen los fines de semana y hasta como duermen. Ellas sabrán lo mismo de nosotros. Ni nos escandalizamos ni ya nos ocultamos...si hay que ir como nuestra madre nos trajo al mundo de la habitación al baño en busca de algo que se olvidó, se va, corriendo, pero se va...

Sé que ven  las telenovelas en el canal Nova a todas horas, a veces también canales de sus países de origen, en estos momentos ven la repetición número 251 de uno de los capítulos de La que se avecina. Ellas sabrán a qué juega mi pareja en el PC, nos mirarán mientras hablamos cuando yo me acerco para compartir un rato tras él, sentada en la esquina de la cama o sobre el baúl que hay junto al escritorio. Estarán hartas de ver la bici que decora esa habitación y que nunca se mueve del sitio.

Ya no somos dos, como cuando vinimos, ahora somos seis, ellas y nosotros, nosotros y ellas. Una extraña familia que ve su día a día pero jamás ha coincidido ni en el ascensor, ni en esa pequeña plaza, ni en las escaleras...¿qué ocurrirá el día que nos encontremos cara a cara? ¿bajarán las persianas de ambos pisos para siempre o por el contrario a partir de es momento daremos un paso más y estableceremos conversaciones de balcón a balcón? ¿Podremos decirles ya libremente que los vaqueros grises no le quedan tan bien como los negros? Creo que se perdería mucha magia si esto ocurriese, me gusta más imaginar el antes y el después de lo que veo. Siempre me ha gustado delirar sentada mientras los demás pasan y dibujar sus vidas en mi cabeza, aún tengo pendiente relatar según mis desvaríos las vidas de las personas que acudían a la cabina de teléfono del primer lugar donde vivimos.


Y sí, se acabó la intimidad, aunque bueno, en realidad qué es la intimidad. Para mi esto es  hasta divertido y en invierno echaré de menos esta toma de contacto diaria y muda. La intimidad se ajusta más a estos pensamientos absurdos que surgen solos en la borrachera del sueño y que ahora sin el temor ni vergüenza escribo (a las 8 de la mañana suelo ser más sensata, pero a estas horas que rule la libertad: qué rule)

Madrugada de calor. Me toca ir a dormir obviamente con las ventanas abiertas, las persianas levantadas  y a compartir el sueño con mis vecinas de enfrente.

Buenas noches.

4 comentarios :

  1. Con el otoño vamos a tener que despedirnos ;)

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  2. Hija mía, que bien escribes! Lastimita que esté esto parado, porque es un GUSTAZO leerte.
    Un abrazo fuerte y unos visillos alegres :D

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, eso sí que motiva para retomarlo ;)

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